anthonycoyle

24 Mar 2017 4 views
 
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El viejo Pete

El viejo Pete está tan viejo que para lo único que sirve en la obra es para barrer. Cada mañana, Pete abandona su árbol, se presenta en la oficina de trabajo, firma en una hoja y espera junto a un montón de veinteañeros a que algún conductor de furgoneta cante su nombre. Con algo de suerte, el viejo Pete echa sus buenas nueve horas en un bloque de pisos a veinte minutos al norte de Auckland y ejecuta, allá donde se lo pidan, su clásico barrido parsimonioso y muy preciso, siempre como con cuidado de no romper con la escoba el suelo de hormigón. Pero si el día en la obra se presenta demasiado ocupado como para andar preocupándose por la limpieza de escombros, ningún jefe se acuerda de Pete, y a éste no le queda más remedio que volverse a su árbol. Y cien dólares menos en el bolsillo. Y ese día, nada de cerveza para el viejo Pete.

Al viejo Pete hay otra cosa que también se le da muy bien. Aunque posiblemente él ni lo sepa. A sus 59 años, su memoria es todo un depósito de historias con telarañas: al viejo Pete parece que se le da de maravilla recordar. Hace dos semanas, estábamos mano a mano los dos, solos en un cuartucho del segundo nivel subterráneo del bloque de pisos de Albany. El viejo Pete me barría los cascotes y yo los recogía con la pala para enterrarlos en enormes bolsas de plástico del tamaño de un coche Smart. Y ZAS, siempre funciona un poco así: sin aviso, sin motivo aparente, de buenas a primeras el viejo Pete te suelta una de las suyas. “Yo solía conducir una de ésas”, me dijo, manos apoyadas en la escoba, mirada atenta a la boca, arriba y abajo, de una excavadora que estaba sacándole las entrañas a la tierra. –¿Y qué pasó?–le pregunté, como si de verdad fuese necesario que yo le hiciese la pregunta; como si el viejo Pete no estuviese rumiando ya (antes incluso de haber terminado  su primera intervención) la formulación exacta de esa anécdota mil veces contada que tan inevitablemente se encaminaba ya a la vez mil y una. Me contó que le quitaron todas sus licencias de conducción a la quinta o sexta vez que la policía le detuvo por conducir su coche borracho. Y que ahora tiene que sacárselas todas de nuevo.

 

Después, en una impredecible asociación de ideas, el viejo Pete se fue a la época en la que, siendo un chaval, se destrozó las piernas por culpa de un choque frontal con otro coche conducido por un borracho.

 

Me cuesta menos proyectar en mi mente el estallido de una tercera guerra mundial que aceptar que de verdad haya existido un tiempo en el que el viejo Pete haya sido joven. Pero ningún motivo tengo para ponerme a dudar acerca de cuánta verdad hay en las palabras de este hombre que, bien mirado, gasta unos ojos azules que quizás alguna vez pudieran haber pertenecido a una persona vital, energética e incluso joven. No es del todo imposible. Me contó que tenía 17 años, y que regresaba a casa después de una noche de fiesta con sus amigos por Oxford, Inglaterra. Uno de ellos andaba bastante cabreado con el joven Pete porque se había pasado la noche entera en el asiento de delante. Pete y sus movidas. Así que mi compañero de obra cedió y, sin aparente problema, permitió al amigo sentarse en el asiento central de delante en el camino de vuelta al barrio. Minutos después, el amigo murió en el acto tras colisionar con el borracho y empotrarse por el parabrisas. El joven Pete, que iba detrás sin cinturón de seguridad, se destrozó las piernas y estuvo meses sin poder moverse.

 

Pete posa para la cámara como si llevase toda la vida preparándose para ello. No me pregunta por qué le hago fotos. No me pregunta para qué son las fotos. Siempre que trabajamos juntos, la misma furgoneta que nos lleva a Albany nos recoge por la tarde. Desde que me contó la historia, me fijo, a ver qué pasa, y nada: Pete nunca se pone el cinturón de seguridad. Cae la tarde, nos despedimos, y me voy al hostal. Me ducho, salgo, y casi siempre en mi camino me cruzo con el árbol del viejo Pete. A veces me lo encuentro bebiéndose la segunda o tercera cerveza, y a veces me lo encuentro durmiendo, descansando las piernas desfiguradas, descansando las manos aburridas de barrer, tan solo a la espera de que vuelvan a dar las seis de la mañana para acercarse a la oficina y ver si algún conductor de furgoneta canta su nombre.

 

El viejo Pete

El viejo Pete está tan viejo que para lo único que sirve en la obra es para barrer. Cada mañana, Pete abandona su árbol, se presenta en la oficina de trabajo, firma en una hoja y espera junto a un montón de veinteañeros a que algún conductor de furgoneta cante su nombre. Con algo de suerte, el viejo Pete echa sus buenas nueve horas en un bloque de pisos a veinte minutos al norte de Auckland y ejecuta, allá donde se lo pidan, su clásico barrido parsimonioso y muy preciso, siempre como con cuidado de no romper con la escoba el suelo de hormigón. Pero si el día en la obra se presenta demasiado ocupado como para andar preocupándose por la limpieza de escombros, ningún jefe se acuerda de Pete, y a éste no le queda más remedio que volverse a su árbol. Y cien dólares menos en el bolsillo. Y ese día, nada de cerveza para el viejo Pete.

Al viejo Pete hay otra cosa que también se le da muy bien. Aunque posiblemente él ni lo sepa. A sus 59 años, su memoria es todo un depósito de historias con telarañas: al viejo Pete parece que se le da de maravilla recordar. Hace dos semanas, estábamos mano a mano los dos, solos en un cuartucho del segundo nivel subterráneo del bloque de pisos de Albany. El viejo Pete me barría los cascotes y yo los recogía con la pala para enterrarlos en enormes bolsas de plástico del tamaño de un coche Smart. Y ZAS, siempre funciona un poco así: sin aviso, sin motivo aparente, de buenas a primeras el viejo Pete te suelta una de las suyas. “Yo solía conducir una de ésas”, me dijo, manos apoyadas en la escoba, mirada atenta a la boca, arriba y abajo, de una excavadora que estaba sacándole las entrañas a la tierra. –¿Y qué pasó?–le pregunté, como si de verdad fuese necesario que yo le hiciese la pregunta; como si el viejo Pete no estuviese rumiando ya (antes incluso de haber terminado  su primera intervención) la formulación exacta de esa anécdota mil veces contada que tan inevitablemente se encaminaba ya a la vez mil y una. Me contó que le quitaron todas sus licencias de conducción a la quinta o sexta vez que la policía le detuvo por conducir su coche borracho. Y que ahora tiene que sacárselas todas de nuevo.

 

Después, en una impredecible asociación de ideas, el viejo Pete se fue a la época en la que, siendo un chaval, se destrozó las piernas por culpa de un choque frontal con otro coche conducido por un borracho.

 

Me cuesta menos proyectar en mi mente el estallido de una tercera guerra mundial que aceptar que de verdad haya existido un tiempo en el que el viejo Pete haya sido joven. Pero ningún motivo tengo para ponerme a dudar acerca de cuánta verdad hay en las palabras de este hombre que, bien mirado, gasta unos ojos azules que quizás alguna vez pudieran haber pertenecido a una persona vital, energética e incluso joven. No es del todo imposible. Me contó que tenía 17 años, y que regresaba a casa después de una noche de fiesta con sus amigos por Oxford, Inglaterra. Uno de ellos andaba bastante cabreado con el joven Pete porque se había pasado la noche entera en el asiento de delante. Pete y sus movidas. Así que mi compañero de obra cedió y, sin aparente problema, permitió al amigo sentarse en el asiento central de delante en el camino de vuelta al barrio. Minutos después, el amigo murió en el acto tras colisionar con el borracho y empotrarse por el parabrisas. El joven Pete, que iba detrás sin cinturón de seguridad, se destrozó las piernas y estuvo meses sin poder moverse.

 

Pete posa para la cámara como si llevase toda la vida preparándose para ello. No me pregunta por qué le hago fotos. No me pregunta para qué son las fotos. Siempre que trabajamos juntos, la misma furgoneta que nos lleva a Albany nos recoge por la tarde. Desde que me contó la historia, me fijo, a ver qué pasa, y nada: Pete nunca se pone el cinturón de seguridad. Cae la tarde, nos despedimos, y me voy al hostal. Me ducho, salgo, y casi siempre en mi camino me cruzo con el árbol del viejo Pete. A veces me lo encuentro bebiéndose la segunda o tercera cerveza, y a veces me lo encuentro durmiendo, descansando las piernas desfiguradas, descansando las manos aburridas de barrer, tan solo a la espera de que vuelvan a dar las seis de la mañana para acercarse a la oficina y ver si algún conductor de furgoneta canta su nombre.

 

comments (2)

Terrific portrait - and what a story! Thank you, Anthony!
  • Chris
  • England
  • 24 Mar 2017, 08:28
A fine character study

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